Artículo de La giovinezza, o la música de la vejez. (Youth)


Publicado 2017-06-14



La giovinezza, o la música de la vejez. (Youth) por Alfredo Peñuelas Rivas

Afinando en La mayor ¿Qué tienen en común Miss Universo, Maradona, un actor famoso, un realizador de Hollywood y el mejor director de orquesta del mundo? Por un lado está lo evidente: son personajes que se encuentran en la cima de su carrera y casi cualquier cosa que hagan será reconocida por un público incondicional. Por el otro está el hecho de que todos requieren de una buena dosis de talento y creatividad para lograr dicho reconocimiento. “¿No extraña dirigir orquesta?”, dice Jimmy Tree, interpretado por Paul Dano a un Fred Ballinger cansado y llevado al límite en la piel de Michael Cane, “extraño a mi esposa”, responde el genio en una especie de guiño al espectador quien no sabe que lo que está a punto de presenciar tiene más que ver con las cosas simples de la vida que con lo fastuoso del escenario alpino en que se desarrolla la trama. Si la música es la combinación de sonidos y silencios suspendidos en el tiempo el cine debería de ser ese mismo ritmo acompasado por la presencia de la luz, la oscuridad y los claroscuros matizados con colores y notas en armonías varias. La juventud (Youth, o su título italiano La giovinezza, 2015) es el más reciente largometraje del realizador napolitano Paolo Sorrentino con el que pretende cerrar las preguntas ontológicas y estéticas emitidas con La gran belleza (La grande bellezza) cinta que le mereció el Óscar a mejor película en idioma extranjero en 2013, y que mostraría al mundo el imaginario poético de Sorrentino. Heredero de una larga tradición visual nacida en Cinecittà, en la lejana época fascista de 1937, Sorrentino levanta el pañuelo dejado por Federico Fellini para continuar con un cine de emociones abiertas y narraciones visuales que rayan en el surrealismo. Lejos han quedado ya las épocas del neorrealismo italiano donde los Roberto Rossellinis y los Vittorio De Sicas utilizaban la realidad como materia prima del arte. Si bien aquellos cineastas dejaron claro que los sentimientos de los personajes eran claves para entender la historia, la propuesta de Sorrentino continúa con esa búsqueda, pero agregando un ingrediente extra: la imaginación. Melómano por convicción (sus cintas anteriores tienen intervenciones musicales que van desde David Byrne hasta Raffaella Carrà, pasando por Kronos Quartet) esta cinta comienza in media res con la actuación de una banda musical, interpretada por The Retrosettes Sister Band, que acompañarán los destinos de los personajes cual músicos de un barco que está próximo a hundirse. El espectador no sabe qué es lo que pasa ¿vino a ver una película o vino a presenciar un concierto? Mientras tanto, You got the love, suena, la música sigue, los personajes se presentan, el espectador se encuentra en mitad de una cena de gala en un lugar donde todas las cenas son de gala, ¿una última cena acaso? Una especie de hermoso purgatorio donde los presentes fueron atrapados para compartir las dos horas del filme y tal vez la vida misma. Un spa lujoso en medio de los Alpes suizos pero también un lugar de última llegada, la antesala del infierno a donde arriban con las fuerzas que les quedan aquellos a quienes la vida ya no les dará una segunda oportunidad. “Estar en forma a mi edad es una verdadera pérdida de tiempo”, dice un cansado Ballinger a su hija Lena (Rachel Weiz) mientras recibe un masaje que forma parte de su terapia diaria. Ballinger se niega a ser uno más de esa interminable fila de ancianos que desfilan ante las sonrientes masajistas o escorts (sí, escorts) como si se tratara de algún filme apocalíptico, una mezcla de Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y Soylent Green (Richard Fleischer, 1973), donde las bellas se encuentran ahí para hacer más placentera las últimas horas de los condenados a muerte en esta tierra de vivos. Sin embargo, hay también seres luminosos que visitan el mítico hotel: un acabado Maradona que sueña aún con la emoción de su primer encuentro de fútbol vistiendo la casaca albiceleste, un actor de películas de gran taquilla que busca prepararse para su primer papel serio y la más bella de las Miss Universo jamás imaginada. Parece ser un buen lugar para relajarse, le pregunta a Ballinger un emisario de la reina Isabel II, “es solamente un lugar para relajarse”, responde él como si ese paraíso o purgatorio pareciera no importarle. La sinfonía de los personajes Como en toda partitura buena la selección del casting es fundamental. Michael Caine, el eterno actor de reparto, interpretando tal vez lo que será el mejor papel de su vida. Su compañero de aventuras es Harvey Keytel, que da vida a Mick Boyle, animal hollywoodense y mejor amigo de Ballinger con quien ha compartido amores, desamores, secretos y hasta la confidencia sobre la cantidad de orina que pueden arrojar por culpa de sus próstatas dañadas, “en una buena amistad sólo le dices al otro las cosas buenas”, confiesa Boyle y lo cumple, porque los amigos lo mismo disfrutan de una buena charla hasta de espiar como cuando niños a las parejas furtivas haciendo el amor en el bosque. ¿Acaso son Ballinger y Boyle las dos caras de la moneda de la vejez? Por un lado el director de orquesta está convencido de que su vida ha terminado mientras que el cineasta está aún por brindar al mundo lo que él considera su testamento fílmico, por eso ha ido ahí acompañado de ese cerebro múltiple y polifónico que es su equipo de escritores, una suerte de alter ego que lo acompaña adonde quiera que va. Ballinger prefiere la soledad, se sienta a admirar la campiña suiza e imagina que los árboles, las vacas, el viento y las nubes son sus instrumentos, todos ellos entonan la sinfonía que aún no ha compuesto. Es aquí donde la magia de Sorrentino entra en juego una vez más: dos personajes que son uno mismo y que se desdoblan para recorrer la parte del ying y del yang que les ha sido asignada. La primera imagen de Fred Ballinger hace recordar a Jep Gambardella en La gran belleza: casi la misma ropa, los mismos lentes, la actitud segura y elegante aunque, a diferencia de Ballinger que mira a la vejez como algo que está por llegar a su fin, Gambardella, de apenas 65 años, lo considera uno más de sus retos en la vida. El propio Paolo Sorrentino se considera afortunado al elegir a sus actores, “yo sólo les envío los guiones y ellos por lo general dicen que sí”, confiesa el realizador que cuenta con la presencia de tres ganadores del Óscar (Michael Cane, Jane Fonda, Rachel Weiz) y el nominado al mismo premio, Harvey Keitel, en esta segunda aventura fílmica realizada en idioma inglés. La anterior fue This must be the place (2011) donde también contó con el apoyo de un inspirado Sean Penn y la gran Frances McDormand como actriz secundaria. Hablando de actores, existe un personaje que los representa a todos, el actor Jimmy Tree, cuya fama y las reacciones que genera en todos aquellos que lo ven harían recordar a los grandes ídolos cinematográficos al estilo de Johnny Depp o Robert Downey Jr. (el propio Sorrentino ha afirmado que este personaje está inspirado en varios actores). Tree piensa que todo aquel que se le acerca es para hablarle de sus películas de aventuras, está harto de ser el ídolo y se encuentra a la defensiva con todos incluso con Miss Universo, incluso con los niños, es un personaje que está en busca de respuestas y acaba por encontrarlas. “Cuando te vi en una película entendí una cosa”, le dice una niña, “que nadie en el mundo está listo para enfrentar los retos, entonces no hay nada por qué preocuparse”. La irrupción de Tree encarnando a Hitler logra el horror en medio de la paz del hotel suizo, “debo de elegir entre el horror y el deseo para saber que es digno de ser contado. Yo elijo el deseo porque cada uno de ustedes me ha abierto los ojos para darme a entender que no debo perder el tiempo con el miedo sin sentido”, dice Hitler y hace mutis ante una horrorizada audiencia. Y en la partitura están también escritos los silencios, los sostenidos y bemoles, esas seminotas que acompañan la música que vemos: los personajes incidentales que entran donde es debido: una bella afanadora que practica baile en videojuegos, una niña curiosa que dice cosas certeras, un joven violinista zurdo que tiene epifanías, una fabricante de burbujas, una pareja que termina veinte años de silencio con un sonora bofetada. Todos ellos que aparecen para dar ritmo y tersura a una narración que no ceja en emociones. Mención aparte está el personaje de Lena, interpretado de manera soberbia por una Rachel Weiz cuya belleza personal e histriónica se encuentra en la cúspide. Ella es un solo de violín que le canta sus verdades al director-padre Ballinger y que, mientras habla, se pierde en la vorágine de si misma para reencontrarse y reescribirse. “¿Quién eres?”, pregunta constantemente a su padre como el esclavo que susurra Memento mori al emperador romano. Música para los ojos “Podría hacer un film frente a una pared, si supiese encontrar los datos de la verdadera humanidad de los hombres situados ante el desnudo escenográfico: encontrarlos y contarlos,” afirmó alguna vez Luchino Visconti y con ese movimiento de batuta dio inicio a una estética narrativa que no deja de sorprendernos. Paolo Sorrentino lo sabe bien, es un alma vieja a pesar de su juventud (el director nació en 1970) y sus reflexiones son tales. Mientras que en La gran belleza retrató la decadencia de una Roma que se debatía entre santas milagrosas y noches de fiestas interminables, La juventud inunda la pantalla con destellos que hablan de la decadencia del cuerpo, al parecer Sorrentino piensa siempre en el futuro, no precisamente en el de un mundo imaginario sino en el apocalipsis real que nos espera como humanos destinados a envejecer y a cargar nuestro cuerpo y nuestra alma hasta el final de nuestros días. Es por eso que el ritmo narrativo es cadencioso, notas pianas que se sostienen en un pentagrama bien definido, en una paleta de colores que es la misma siempre, al menos en sus trabajo recientes, alejada de la estética hollywoodense, esa que tanto a afectado a nuestra cultura visual. Aquí no hay autos que huyen a grandes velocidades, explosiones monumentales ni ediciones a ritmos de hip hop. Sorrentino le ha pedido prestada la paleta a Fellini y, algunas veces, a Pier Paolo Pasolini. La cadencia de sus tomas haría recordar la expresión narrativa de un Amarcord (1973) donde, de la misma manera que en La Juventud, la historia de los personajes construye la historia de la pequeña villa de Borgo, un espejo donde el espectador se mira al reconocer un episodio de su propia infancia que tenía olvidado acaso. La revelación que tiene Mick Boyle también hace recordar a Fellini, tras la irrupción de la diva Brenda Morel, interpretación que le valiera a Jane Fonda una nominación para los Golden Globe, el viejo cineasta tiene su propia revelación: las muchas mujeres de su vida (reales o ficticias) se vuelven corpóreas para reclamarle lo mucho que les ha quedado a deber, el mucho daño, el poco amor, el mal diseño de un personaje utilitario y fugaz. Esa pradera alpina es el lienzo y pentagrama donde Sorrentino regala a Boyle su propia versión-homenaje de 8 ½ (Fellini, 1963). Una armonía narrativa La relación entre música y cinematografía no es novedosa, por el contrario existe casi desde el inicio del cine como instrumento narrativo y no solamente para hablar de la pista sonora sino como una propuesta de montaje. En su famosa obra, Hacia una teoría del montaje (1921), el realizador soviético Serguéi Eisenstein define el montaje cinematográfico como la forma en que se narra un filme a partir de la edición y donde se dará el proceso creador que impulsará las emociones del espectador, obligado a marchar por el mismo camino que el cineasta le ha trazado. Eisenstein propone cinco categorías del montaje: métrico, rítmico, tonal, sobretonal e intelectual, todas ellas relacionadas con la ejecución musical. Más allá de su evidente temática musical, La juventud plantea todo el tiempo la palabra “armonía”, en sus luces, en sus colores, en lo acompasado de los personajes, en los planos abiertos y en los detalles. En efecto, el espectador se envuelve en una música multicolor, acaso un cálculo colectivo de todas las atracciones de los fragmentos que la componen. “Tienes razón: la música es lo único que entiendo. No necesitas palabras ni experiencia para comprenderla, simplemente es”, dice Fred Ballinger como última respuesta a su hija Lena ante el alud de cuestionamientos que ha sido objeto. Existe también la otras narrativas, las historias íntimas y las historias futuras. Cada trozo evoca los sentimientos que conecta en el espectador, ¿quiénes somos y quiénes seremos? Maradona sueña con el momento en que entró a jugar por primera vez e imagina que es el futuro, un futuro que quiere alcanzar a punta de acrobacias futboleras mientras arrastra su pesado y maltrecho cuerpo a una cancha de tenis donde, a cada patada que da a la pelota, pareciera gritar: soy zurdo, soy grande, son D10S, no seré viejo nunca y seré inmortal. La vejez, la vejez permanente, la maldita vejez apuñalada por destellos de juventud y belleza es el común denominador de la historia, de todas las historias, de quien narra y de quien lee, de que ejecuta y del que escucha, todos estamos destinados a formar parte de esa interminable fila de condenados a muerte. Música popular y música de culto Acostumbrados a una realidad cinematográfica donde el ritmo lo marca Hollywood, películas como La Juventud no son tomadas en cuenta ni para los Óscars (acaso su única nominación fue en la categoría de Mejor canción para la estupenda “Simple song #3”, del compositor David Lang) ni para las salas de circuito comercial. Sin embargo el reconocimiento en otras latitudes del planeta ha sido total, cosechando nominaciones en festivales como Cannes o los premios César además de ser la gran ganadora de los Premios del Cine Europeo entregados recientemente en Berlín. Lo anterior nos llevaría a cuestionarnos de nuevo si nuestra cultura visual no está dirigida por una selección de premios a una estética a la cual nos hemos acostumbrado a aceptar como la única posible, acaso una música monótona y facilona que, a punta de escucharla nos parece buena. Una falacia ad populum a la cual nuestros ojos y oídos se han acostumbrado por el simple hecho de que millones de fanáticos alrededor del mundo no podrían estar equivocados. Tal vez sea el momento de hacer una pausa y escuchar otras tesituras. Il gran finale Pero recordemos que existe un reconocimiento al menos a La Juventud por parte de la gran industria, la pieza “Simple song #3”. El final ha llegado, los personajes han alcanzado su punto de equilibrio, no son los mismos del inicio, jamás lo volverán a ser, esto también ocurre con el espectador. Fred Ballinger ha revelado su mea culpa tras descubrir que el horizonte aún se encuentra lejos. “Seguro que conocen detalles, elementos llamativos. Y saben lo que necesitan saber para estar en un lado o el otro”, dice Ballinger y comienza una enumeración de reflexiones propias de aquellos que han vivido muchos años. La película nos muestra que mientras somos jóvenes todo nos parece cerca y en la vejez todo nos queda mucho más lejos. Se hace el silencio, los músicos toman su lugar, la sinfonía ha llegado a su fin. En una película donde las mujeres son las notas más puras del pentagrama las últimas dos divas hacen su aparición frente a una decadente Isabel II y un avejentadísimo príncipe Felipe, vulnerables y vetustos como la monarquía misma. Así es la monarquía, “eliminas a una sola persona y todo ocurre, el mundo entero cambia. Al igual que en un matrimonio”, diría Fred Ballinger al respecto. Viktóriya Mulova empuña su Stradivarius y, ante una tímida señal del mejor director de orquesta del mundo atisba apenas una par de notas, otras vez silencio, Ballinger hace otra seña y la ganadora del premio Sibelius vuelve a hacer cantar el violín mientras la orquesta de la BBC espera a que el duelo entre música y silencio les indique su pauta, antes de ellos la voz de hace su aparición y entonces todo es música. Perdemos el control, nos sentimos completos, tenemos sentimientos. Paolo Sorrentino nos recuerda la creencia popular de que los sentimientos están sobrevalorados… “los sentimientos son lo único que tenemos”.

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